Mesa Wilkins. DM. 2019.

Los animales se dividen en vertebrados e invertebrados; los árboles, en caducos y perennes; los cuerpos, en los de hombres y los de mujeres; los colores, en calientes y fríos, y las cosas están o vivas o muertas. Sin embargo, Borges nos cuenta que esto no siempre es así. Aunque nombra y reorganiza el mundo y sus características a lo largo de toda su obra, es especialmente en su cuento «El idioma analítico de John Wilkins», al que rendimos homenaje en este diseño, donde explicita de forma imaginativa lo bellas que pueden llegar a ser las clasificaciones que no caben en enciclopedias, diccionarios, exámenes, atlas ni academias.

 

La mesa clasificadora —o mesa Wilkins— surge como un lugar en el que practicar una reclasificación del mundo. Un espacio que emula los gabinetes de curiosidades del siglo XVI y XVII, donde los exploradores naturalistas se aventuraron a organizar la naturaleza. En ella se pueden clasificar hojas, minerales, frutos, colores, objetos varios, cáscaras, palabras o cables, en sí o entre sí. Se trata de una oportunidad para saquear arqueologías del saber y jugar a una nueva gramática de la fantasía material.

 

La mesa Wilkins permite categorizar piezas de Lego, piedras, colores, semillas, tornillos, caramelos…; ordenar por tamaños, formas, especies, colores…; explorar propiedades, elementos, atributos, diferencias…; abrir nuevas aleaciones, reclasificaciones, nombres, invenciones, relaciones, hibridaciones…

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